Autor: 19 noviembre 2008

Juan Villoro
De eso se trata
Anagrama, Barcelona, 2008

Si en el prólogo a Efectos personales Juan Villoro sostenía que los ensayos literarios «entregan el retrato íntimo y accidental de sus autores», en el prólogo a De eso se trata se muestra aún más rotundo: «Cuando un novelista explica su propia obra, suele ejercer una variante de la fabulación, en ocasiones más creativa que sus novelas. Ensayar sobre los otros ofrece una confrontación más indirecta pero más sincera: «Denle una máscara a un hombre y dirá la verdad», comentó Oscar Wilde. En este strip-tease al revés, las revelaciones llegan por lo que uno se pone encima».

¿Y cuáles son las máscaras que Juan Villoro se ha puesto encima, en su segundo libro de ensayos literarios, para seguir confrontándose indirectamente consigo mismo? La de Harold Bloom, que es la máscara de Shakespeare, la de Cervantes, la de Casanova, la de Goethe, la de Rousseau, la de Borges&Bioy (una doble máscara para una criatura bicéfala), la de Chéjov, la de Hemingway, la de Lowry, la de Onetti… Hasta la máscara (con boina) de Pla se ha colocado Villoro para lanzarse a explorar el lugar de la ficción, aunque en el caso del de Palafrugell la ficción se vista con la ropa usada del diarismo.

De la traducción que Tomás Segovia hizo de Hamlet («de eso se trata» es la frase con la que el poeta españolizó, sagazmente, el «that is the question» yorickiano) Villoro ha extraído el título para un libro azaroso que, sin embargo, puede leerse como una biografía literaria. Y no porque los autores de los que se ocupa le hayan marcado de forma indeleble (al contrario: la mayor parte de los ensayos, al igual que los que componían Efectos personales, son trabajos de encargo), sino porque desentrañando sus vidas a la vez que sus obras es como Villoro da lo mejor de sí como lector y como escritor. De eso se trata es la biografía de alguien que lee para nutrirse de lo que lee y no simplemente para llenar su estómago lectoral. Lo que otros hubieran solventado con mayor o menor profesionalidad, sin ir más allá del trabajo bien hecho, él lo convierte en materia literaturizable. Villoro interconexiona a los escritores con sus obras y con las obras y las vidas de sus contemporáneos, enfocándolos desde todas las perspectivas posibles, incluida, por supuesto, la de la actualidad. Al margen de la ortodoxia académica y teórica, sin gratuito acarreo erudito, Villoro contamina novelescamente sus ensayos, sometiendo sus intuiciones de lector a sus argucias de narrador. No mezcla obras y vidas: las imbrica. Y con esas imbricaciones monta unos relatos ensayísticos, o unos ensayos narrativos, de impecable factura y sorprendente efectividad.

Villoro consigue ganarse de inmediato la complicidad del lector, procurando hablar siempre hacia sí mismo, sin aspavientos, y evitando toda clase de imposiciones, tanto negativas como entusiastas. Su manera de ensayar es una forma de razonar, a la vez que de narrar. Y razonando lecturas y contando vidas es como nos cuenta su propia vida y nos explica su propia obra.

Julio José Ordovás


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